sábado, 1 de mayo de 2010

Informe negro: una historia adaptada y adoptada

Ilustro pensando en remover la conciencia: Peláez

Aunque es uno de los talentos más promisorios salidos de la contracultural revista Gallito Comics, Ricardo Peláez Goycochea (Ciudad de México, 1968) ha mantenido un silencio historietístico de, ya, diez años. Una década dedicada a ilustrar revistas, suplementos, libros de texto y —con especial gusto— textos destinados a un público infantil y juvenil. Relatos de sustos, piratas, apaches, animales, niños buenos y niños malos —de autores como Anthony Horowitz, Geraldine McCaughrean, Marita Conlon-McKenna, Brian Burks, Marcel Aymé y Mark Twain— han sido interpretados por sus plumillas, pinceles y acuarelas. Ahora, ambas facetas —la de historietista y la de ilustrador juvenil, la underground y la mainstream— se juntan en Informe negro (Alfaguara Infantil y Juvenil), adaptación al lenguaje del cómic del relato homónimo del escritor Francisco Hinojosa.

— He corrido con la suerte —comenta a El Financiero Ricardo Peláez— de que mi incursión en libros infantiles ha sido con obras que están por encima de la corrección política: cuentos de una mala leche encabronadísima. Papás que venden a su hija a un restaurante de antropófagos; una cámara fotográfica que mata todo lo que retrata; niños huérfanos en la gran hambruna de Irlanda. ¡Y qué decir de Mark Twain! Agradezco la confianza de los editores (y agradecería que hubiera más) para acercar al lector juvenil, de una manera mucho más franca y desprejuiciada, a conflictos (y a la forma de representarlos) tradicionalmente confinados al lector adulto. Es una paradoja bastante absurda, inexplicable, que en una sociedad cada vez más cruda los temas tiendan a tratarse cada día con mayor corrección política. Eso no hace más que desconcertar al lector, cuya realidad es más cruda de lo que lee en la ficción. Ilustro pensando en turbar, en remover la conciencia y despertar la lucidez de los chavitos, no en pervertirlos ni en hacerlos crecer a la fuerza.

—El relato original toca un tema escabroso con un enfoque atrevido, dada la guerra contra el narco…

—Una lucha contra la sociedad, sí. Porque el desarrollo del narcotráfico no puede darse como se ha dado si no se basa en un profundo arraigo en la población a todos los niveles. Hay hijos, mamás… la familia mexicana vive involucrada con el narcotráfico. Somos una sociedad narcotraficada.

—Sin embargo, los dibujos de Informe negro no tienen la crudeza que cabría esperar del tema.

—¡Claro, porque es totalmente paródico! La única viñeta explícitamente violenta que tenía el cómic fue la única que rehice enterita para no romper con el tono: la había dibujado tal cual estaba descrita pero la cambié porque vendía el sentido de la trama. Y esta aparente paradoja que mencionas entre tono y tema… si no me mantenía fiel a ella, daba al traste con la historia. Y eso lo comprobé dibujando explícitamente la violencia. Porque el libro, de origen, es una burla de la realidad, una burla montada en esa paradoja entre el humor y la brutalidad del tema: la familia y el narco.

—La adaptación de argumentos de otros y la predilección por el género negro son constantes en su obra historietística. ¿En qué radica el atractivo de este género?

—Autores como Dashiell Hammett usan el género para explorar la realidad, la relación poder-violencia, la delincuencia, el bien y el mal y el dilema ético que suponen. En fin, los temas de lo que se llama género negro son los que finalmente también a mí me han interesado. Y me han interesado en el contexto de un país donde la política se decide todavía de una manera totalmente gangsteril. Ese es el atractivo: es el género que mejor se adapta a la descripción de la realidad de este país. Siempre he intentado adoptar historias que compartan mis intereses, por ejemplo, de J. M. Servín, Rogelio Villarreal, Alberto Huerta. Sin duda he acabado conformando un cuerpo de historietas que tratan temas como la relación amor-odio (es decir, el elemento violento permanente en las relaciones interpersonales que se dicen de amor pero que acaban en tragedia) y lo urbano, el dolor y la indefensión. Me interesa sobremanera explorar el punto de quiebre que lleva a una persona a comportarse de manera anómala, a hacer algo totalmente fuera del registro de lo normal: ese llenar el buche de piedritas que hace que alguien estalle. En ese sentido, el tema de Informe negro me pareció súper bien: estoy cerrando El complot mongol [adaptación en cómic de la novela de Rafael Bernal] y me pareció muy divertido poder hacer su reverso paródico. Lo adopté y lo adapté de una manera muy natural.

—¿Cómo evita que adaptar textos por encargo se convierta en algo mercenario?

—Adoptarlos: para adaptar hay que adoptar. O sea, que el texto encarne las temáticas que a uno profundamente le interesan. Que lo que uno exprese en dibujos surja de las ganas de decir lo mismo que está diciendo el texto original. En todos los casos que te menciono, que me ha tocado ilustrar, son cosas que me llegan profundamente. Si no me gustara el texto, sin duda no lo haría. Ya me ha pasado. Por ejemplo, me encargaron una historieta que de entrada me pereció algo viable. Pero cuando vi el guión y cuál era mi papel en el proyecto (ya con mucho trabajo de preparación a cuestas) tuve que reconocer que yo no tenía nada que hacer allí. No me convencía: era una sucesión de imágenes como de monografía escolar, un guión totalmente descriptivo en donde no había margen para nada. Les tuve que decir que definitivamente no era yo la persona para ese proyecto.

—Además de El complot mongol, ¿contempla hacer más historieta a futuro?

—Tengo una que me gustaría hacer acerca de la fragmentación de la sociedad mexicana; una historia no post-apocalíptica sino más bien pre-apocalíptica. Aunque hasta mediados de año voy a estar terminando unos álbumes para niños que quiero meter a concursos y, si sale algo de lana, meterme de lleno a hacer historieta. Esa es la gran disyuntiva: lo autoral requiere de tiempo durante el cual uno tiene que becarse a sí mismo.

 
Ricardo Peláez (Foto: León Peláez.)

(Publicado en El Financiero, miércoles 21 de abril de 2010)