Su origen es, justamente, el primer punto en su contra: convocado por una editorial comercial —como tantos otros premios polémicos: Alfaguara, Grijalbo, Planeta— se autonombra “Nacional” aunque no tenga, haya tenido, o vaya a tener, vínculo con el gobierno, como sí lo tiene el Premio Nacional de Ciencias y Artes; tampoco es fruto de una deliberación gremial —mediante previa suscripción, por supuesto—, como es el caso del Premio Nacional de Periodismo. ¿De dónde saca Jus que su muy respetable juicio representa el de la nación?
Para restar todavía más credibilidad, el discordante jurado —integrado por el literato Felipe Garrido y los moneros Bernardo Fernández, Bef, y Ricardo García, Micro— declaró un empate entre dos obras que no podían ser más diferentes: Mundo invisible de Patricio Betteo y El Maizo, la maldición del vástago de Augusto Mora. El fallo deja, así, una impresión de extrañeza tirando a sospecha.
Más que el reconocimiento a dos talentos notables, el empate constituye más bien un resultado timorato, fruto de jueces renuentes a elegir un ganador. Para ilustrar lo raro, ilógico, del fallo basta con imaginar cuál sería la reacción de críticos y cinéfilos si en Cannes se otorgara la Palma de Oro, simultáneamente, a El árbol de la vida (Malick, 2011) y a la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte (Yates, 2011). O si ambos filmes merecieran, en Los Angeles, el premio Scream al mejor largometraje de género fantástico. Adiós credibilidad.
La ausencia de un único ganador resulta inverosímil, en vista de los valores tan dispares, polarmente opuestos, que prefiguran a los cómics premiados: ni siquiera es necesario juzgar la ejecución —buena o mala, sobresaliente o pobre— para decidirse por alguno. En seguida, pues, algunas de las profundas diferencias que, de haber sido usadas como criterios de desempate en uno u otro sentido, habrían producido un claro triunfador, aclarado la naturaleza del premio y cimentado su credibilidad.
§ Quizá la discrepancia más burda radique en a quién van dirigidos sendos libros. Uno es una fábula más apropiada —tanto por su complejidad como por su discurso visual y literario— para menores de edad: un cómic que, con seguridad, le quedaría chico a un lector experimentado. El otro apela, en cambio, a un lector maduro: si bien jóvenes y adultos pueden leerlo con provecho, son los segundos quienes se antojan su destinatario ideal. Esta diferencia de aptitudes ya ameritaría una distinción, es decir, un premio aparte para obras de corte infantil o juvenil, como el Hans Christian Andersen.
§ Relativo a lo anterior, uno de los cómics valora, a costa de otras consideraciones, la exploración visual, mientras el otro se avoca a lubricar la trama: experimentación versus narración. Si bien etiquetas imprecisas, este nítido contraste de ambiciones ubica al primero en el campo del arte y al segundo en el del entretenimiento. Bien hechas, ambas inclinaciones tienen sus méritos; pero de ahí a que merezcan el mismo reconocimiento ya raya en el libertinaje estético.
§ En una esquina, el ánimo experimental produce una obra ambigua, abierta a múltiples lecturas y, por lo mismo, más difícil de desentrañar. Desborde de metáforas y apañe de referentes culturales compartidos. En la otra, el celo narrativo entrega una obra diáfana, clausurada por un dilema moral planteado con nitidez y, por ende, menos demandante intelectual y emocionalmente. Destilación semiótica y secuestro de mitologías ajenas. Si, en un caso, las connotaciones de trazos y colores se multiplican a gusto del lector, en el otro se reducen a gusto del autor.
Así las cosas, la (in)decisión del jurado consigue dos cosas poco halagüeñas: poner en entredicho la reputación de sus miembros y sembrar sospechas a propósito de las intenciones del certamen. No hace falta especular mucho para caer en la cuenta de que quien más se beneficia con este desenlace es la propia Jus: los galardonados se opacan injustamente uno al otro y se ven obligados a repartirse el monto del premio; los jueces se arriesgan a parecer marionetas de la editorial; Jus, en cambio, promueve dos obras por el precio de una. ¿Será?
Betteo y Mora dividiéndose el cheque del premio (© Augusto Mora).
(Publicado en El Financiero, miércoles 2 de noviembre de 2011)


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